jueves, 28 de febrero de 2013

Sede Vacante

En el momento en que estas líneas se publican, Joseph Ratzinger deja de ser Benedicto XVI, el vicario de Cristo en la tierra, y vuelve a ser un académico, un teólogo buscando el solaz que sólo los libros pueden producirle, lejos de los ajetreos que ser obispo de Roma conlleva. Sólo Celestino V, hace más de 700 años, había abdicado de manera espontánea y personal al trono papal. Al parecer, una de las principales razones que abocaron el estado de sede vacante es una abierta confrontación entre dos corrientes de pensamiento en el clero católico, una de clara tendencia conservadora y otra que aboga por adaptar las formas, las posturas y las estructuras de la Iglesia para que estén más acorde con los grandes problemas de estos tiempos. No es para nada sorprendente que esto esté ocurriendo. Es más, si los cardenales que asisten al próximo cónclave no van con esta idea presente en sus cabezas, podrían precipitar la mayor ruptura dentro del cristianismo desde los tiempos de Martín Lutero.

Hace medio siglo, el papa Juan XXIII entendió la necesidad de reflexionar sobre las transformaciones sociales que venían ocurriendo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que el catolicismo debía aceptar esas realidades y obrar conforme a estas. El fruto de esta reflexión fue el Concilio Vaticano II, de cuyos resultados no pudo ser testigo quien lo convocó, puesto que Juan XXIII murió mientras aún se debatía y fue Paulo VI quien le dio feliz término. Entre dichos resultados destaca la constitución Gaudium et Spes, que definió la visión oficial de la Iglesia en materia social, económica, cultural y científica. A partir de este texto, el catolicismo adquirió una postura antropocéntrica, honrando y respetando el valor que cada ser humano tiene en sí mismo. Sin embargo, con el advenimiento de Juan Pablo II, un hombre que había sufrido en carne propia la persecución del comunismo, las prioridades cambiaron: lo importante era derribar a ese monstruo que se había apoderado de media Europa y era enemigo jurado de todas las religiones. Resultó y aconteció que muchos movimientos de naturaleza católica y que buscaban atender problemáticas sociales alrededor del mundo, como la Teología de la Liberación, simpatizaban con algunos postulados de la izquierda, e incluso encontraban razón en ciertas ideas provenientes del marxismo. Para el papa Wojtyla, esto era inadmisible, y decidió llamar al orden a los clérigos que coqueteaban con ideologías que, para el obispo de Roma, eran propias del enemigo. Además, le dio una lectura a Gaudium et Spes una lectura no ya antropocéntrica sino cristocéntrica, por lo que el trabajo social que hacían los sacerdotes de la Teología de la Liberación dejaba de tener la misma importancia para el Vaticano. Así, pues, Juan Pablo II se puso en la tarea de "corregir el error", valiéndose para ello de la Congregación para la Doctrina de la Fe, órgano disciplinario de la Iglesia, a cuya cabeza había sido nombrado Joseph Ratzinger. Uno a uno los sacerdotes fueron puestos en cintura, quedando como la gran damnificada la conexión entre la Iglesia Católica y la gente de a pie. Era el triunfo del ala tradicionalista.

Desde ese entonces ese sector de la Iglesia ha gobernado en Roma. Pero por más ejercicios disciplinarios que se hayan realizado, las ideas no se extinguen de manera tan simple. Aún está viva dentro de la Iglesia un ala modernizadora, preocupada por comprender las grandes problemáticas que aquejan al hombre contemporáneo, por humanizar el consejo que el clero brinda con respecto a estas problemáticas, y ayudar a proveer soluciones de manera efectiva. En las últimas décadas este sector tuvo como cabeza visible al difunto Carlo María Martini, quien ocupó uno de los cargos más influyentes en el mundo católico, el de arzobispo de Milán. Martini se quejó en numerosas ocasiones del carácter anacrónico del alto gobierno vaticano, de espaldas a las realidades más apremiantes, sumergida en la pompa de los rituales de una burocracia anquilosada. Con respecto a problemas como la descontrolada propagación del SIDA en Africa, propuso que se levantara la oposición del Vaticano al uso del condón, diciendo que, comparado a la enfermedad, se trataba de un mal menor. También invitó a la iglesia a asumir una actitud más humana en materia de derecho a morir dignamente, contrariando a la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que lo enfrentó con Ratzinger en su momento. Por su parte, el teólogo alemán Hans Küng, viejo compañero de estudios de Benedicto XVI, ha propuesto desmontar del dogma la odiosa infalibilidad papal, que convierte al obispo de Roma es un ser dictatorial y distante, al tiempo que ha sido un entusiasta del diálogo interreligioso y de buscar soluciones efectivas a la proliferación de casos de pedofilia por parte de clérigos, algo que ha enfriado la relación entre estos y sus potenciales audiencias.

A pesar de su cercanía a la Curia Vaticana, tanto Küng como Martini fueron sistemáticamente mantenidos a prudente distancia por los reaccionarios, quienes han acaparado la burocracia en Roma y controlan cargos de importancia neurálgica. Están organizados en dos facciones, comandada la una por Tarsicio Bertone, Secretario de Estado y cardenal camarlengo, o sea, quien gobierna durante el presente interregnum; y la otra encabezada por Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, o sea, quien dirige el cónclave a punto de empezar. Conocen ambos el Vaticano desde adentro, saben cómo funcionan sus procesos, y seguramente dirigirán la elección del Papa de una manera conveniente a sus intereses. Aunque son rivales, lo son más por criterios burocráticos que ideológicos. Así, pues, lo más probable es que los mismos seguirán mandando. Si Bertone o Sodano no se hacen elegir Papa ellos mismos, cuentan con una amplia baraja de "papables" de línea conservadora. Para colmo de males, Martini está muerto y Küng ni siquiera es cardenal, por lo que ambos están neutralizados. Sin embargo, al interior del clero en general, sigue existiendo una línea que aboga por la reforma, por el diálogo social, por la modernización. Muchos sacerdotes son conscientes de que se ha abierto una brecha entre Iglesia y sociedad, porque la ven autocomplaciente, indolente y arrogante. Tal y como muchos la veían a comienzos del siglo XVI, cuando Julio II repartía indulgencias a cambio de contribuciones para construir la Basílica de San Pedro, para horror de Martín Lutero.

Lutero contó con dos armas para dividir la cristiandad occidental: la imprenta y el apoyo de príncipes poderosos. Hoy en día hay medios de comunicación mucho más poderosos que la imprenta, y los índices de alfabetización actuales son enormemente mayores, por lo que el apoyo de gobernantes se hace innecesario. Así como surgió el movimiento de los indignados en España y otros países, en una labor que empleó herramientas de divulgación masiva y en tiempo real como las redes sociales, y bajo la consigna de "estos políticos no nos representan", de la misma manera ciertos sectores de la Iglesia, en el evento del nombramiento de otro Papa reaccionario, podrían apelar al mundo laico, cansado de "esos curas que no nos representan", y avalar una escisión profunda, un nuevo cisma. Hasta ahora se ha mantenido la cohesión con la esperanza de que desde el Vaticano se dé una transformación razonable, un "reencauche" del catolicismo. Pero esto no ocurre aún y es probable que la paciencia se colme. Si hubo una disidencia ultraconservadora tras el Concilio Vaticano II, encarnada por los lefebvristas, ¿por qué no podría haber una de corte liberal, hastiada de la traición hacia ese mismo concilio?

El cónclave empezará dentro de pocos días, y se espera que para Semana Santa haya un nuevo Papa. Hasta para quienes no nos confesamos católicos, pero que vivimos en sociedades donde el Vaticano sigue teniendo un peso enorme e incide en la manera como muchos ciudadanos, incluidos algunos de alto vuelo, reaccionan ante diferentes cuestiones sociales, la decisión que el Colegio Cardenalicio tome es crítica. Queda esperar que los purpurados se iluminen (no por un Espíritu Santo de dudosa existencia, sino por su propia razón) y eviten que, a los ojos de muchos, la sede de Pedro continúe estando, para efectos prácticos, vacante.

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