Durante los meses de diciembre y enero, dediqué buena parte de mi tiempo libre a leer la trilogía que escribió Santiago Posteguillo en torno a la figura de Publio Cornelio Escipión Africano, vencedor de Aníbal y, gracias a ello, el primero de los "hombres fuertes" romanos. Al igual que le ha sucedido a muchos que han ido a ver "Lincoln" (incluyéndome), esta obra de novela histórica me generó una serie de reflexiones sobre fenómenos de la política de estos tiempos, a la luz de lo que ocurrió a la orilla del Tíber 2200 años atrás, naturalmente relacionados con el surgimiento de figuras que, para bien o para mal, descollan en medio de los ires y venires de un Estado.
En primer lugar, está el tema del respeto a las reglas. Lo que hoy en día solemos llamar Constitución, que en tiempos de Escipión vendrían siendo las Doce Tablas junto con algunas leyes complementarias. En ese entonces todo romano que entrara a la administración del Estado, debía seguir el llamado cursus honorum: ser primero cuestor, luego edil, para tras ello aspirar a ser pretor, y, finalmente, cónsul, no sin antes haber cumplido los 40 años. Escipión logró pasarse por la faja todo esto, convirtiéndose en el cónsul más joven hasta ese momento, con tan sólo 30 años. La razón de pesó que se esgrimió para conseguir esa elección era que el joven general ya había demostrado con creces ser un líder eficaz y un conductor victorioso de ejércitos, y el pueblo creía que él era el único que podía descifrar la manera de derrotar a Aníbal. Eventualmente así ocurrió, pero ¿cabe considerar aceptable el subvertir el orden establecido en aras de la seguridad nacional, en pos de vencer a los enemigos del país? Justamente en la República romana, y en nuestras autodenominadas democracias representativas, las reglas de juego, los frenos y contrapesos, lo que buscan es que no se incline la balanza en favor de un individuo y que éste sucumba ante la tentación de la tiranía. De poco sirve que un líder talentoso libre al Estado de amenazas externas si él mismo queda en posición para convertirse en una amenaza al interior. A la larga, es más sano un Estado que resuelve sus problemas gradualmente pero dentro del respeto al marco institucional.
Hoy en día vemos ese respeto a las reglas peligrando seriamente en distintos lugares del mundo, aunque las causas en cada país sean de índole diferente, pero siempre el asunto subyacente es el mismo: la premura por resolver situaciones críticas. Mientras en Colombia hay quienes creen que se requiere alguien que se dedique a dar una solución puramente militar (la cual, ellos suponen, es rápida y efectiva), en países como Venezuela y Argentina se cree que los mandatarios del momento van a solucionar la pobreza y la desigualdad con medidas contundentes y definitivas. Por otra parte, en Europa Occidental el desespero por los problemas económicos produce el anhelo de que el Gobierno de turno acabe con el descalabro en cuestión de meses. En medio de tanta premura por resolver los asuntos que más levantan ampolla, se evidencia una tendencia a alterar o incluso a permitir obviar las normas para que ciertos individuos ejerzan el poder. Ya en Colombia y en Venezuela hemos visto algunas muestras de esta actitud, y los resultados han sido un viudo de poder que le apuesta al fracaso de su sucesor y del país, y un fantasma que pareciera gobernar por tabla ouija. En Europa, por su parte, existe el temor de caer en los malos pasos de los años 20 y 30 del siglo pasado. Quiera el destino no inclinarse por esos rumbos.
Afortunadamente, siempre aparecen quienes intentan poner límites al poder desbordado y preservar las instituciones. En la Roma antigua este rol lo asumió Catón el Viejo; en la Colombia del decenio pasado lo hicieron más que todo el Partido Liberal y el Polo Democrático. El primero logró el exilio de Escipión; los segundos lograron apelar al talante liberal de algunos magistrados de la Corte Constitucional para que pusieran freno a los ánimos reeleccionistas de Uribe. Pero viene entonces la segunda reflexión: ¿anima a estos opositores un genuino interés patriótico, una auténtica creencia en las instituciones, o simple y llanamente son guiados son sus propias pretensiones políticas? Catón, luego del exilio y posterior muerte de Escipión, se convirtió en la persona más influyente de Roma por los siguientes 35 años. Contrasta la férrea oposición liberal a la relección de Uribe con las frases de Rafael Pardo exponiendo las bondades de una reelección de Santos. Una disidencia del Polo que se hizo al poder en Bogotá es altamente intolerante a la misma crítica que desde la oposición ejerció por años. ¿Debe entonces un Estado plural depender para sobrevivir de la codicia de sus diferentes integrantes?
Desafortunadamente, creo que me inclino a pensar que así es la realidad. En política no existe una facción que represente a "la nación" (aunque no falta el charlatán que quiere atribuirse semejante cosa). Cada grupo representa sus propios intereses y los de los colectivos que dicen representar. El debate político se trata, pues, de un pulso entre distintos intereses. Y la estabilidad en este escenario depende de que haya un sano balance, el cual sólo le logra cuando los unos, por su propio afán egoísta de hacer valer sus intereses y por sobrevivir en la escena política, neutraliza los intentos de los otros de convertirse en hegemones. Finalmente de eso se trata todo el asunto de los frenos y contrapesos. Así las cosas, dependemos del egoísmo de salvarnos del mismo egoísmo. Adam Smith sonreiría ante esto.
Queda al final un tercer interrogante: ¿el poder, no para qué, sino hasta cuándo? Las instituciones de la vieja República romana estipulaban, para la mayoría de las magistraturas, períodos de un año sin derecho a reelección inmediata. Si incluso hoy en día esto nos parece demasiado corto, ¿cómo sería para una época en la que el transporte y las comunicaciones funcionaban de manera más lenta y engorrosa? Esto derivo en un complejísimo sistema de magistraturas y promagistraturas donde no quedaba claro quién tenía realmente el poder ni dónde ni cómo, y este sistema eventualmente colapsó. Así pues, en aras de querer frenar el poder individual, la República terminó comprometiendo su propia eficacia. Pero los romanos dejaron claro un mensaje: el marco institucional no debe dejar las puertas abiertas para que alguien se perpetúe en el poder. Ese principio fundamental es algo que no debería olvidarse. Dar, sí, el tiempo suficiente a un funcionario electo para que alcance a desarrollar una obra de gobierno sólida, pero procurando que lo que perdure sean los lineamientos, las ideologías, mas no los individuos. Lamentablemente, hoy en día también vemos, por un lado, la proliferación del caudillismo en América Latina, y en Europa la falsa creencia de que, si bajo un gobierno ha sobrevenido una gran dificultad, la solución es votar al líder de la oposición. Por seguir esa lógica, España ahora tiene que soportar a Mariano Rajoy, alguien que me recuerda a Samuel Moreno al ser la mezcla perfecta de incompetencia y turbiedad.
Pese a los esfuerzos de Catón el Viejo, los "hombres fuertes" prevalecieron, y a su bisnieto, Catón el Joven, le tocó presenciar el ascenso de César. Si no queremos vernos abocados a que nuestros bisnietos vivan un mundo dominado por los gobiernos unipersonales, deberíamos tomar atenta nota de lo que épocas como la de Catón y Escipión dejaron como enseñanza, entre ellas la de susurrar al oído de los líderes, en el momento de celebrar su triunfo: "Respice post te! Hominem te esse memento!" ("¡Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre!")
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