Cuando yo estaba haciendo mi maestría, teníamos una clase de emprendimiento dictada por un personaje tan emblemático como singular en la escena de la alta dirección española, Ignacio De La Vega. En una de las primeras clases, Nacho (como prefería que se le llamase) nos hablaba sobre las fuentes de capital en las distintas etapas de la vida de una iniciativa emprendedora. En los primeros meses había que recurrir a lo que llaman las tres F's (Friends, Family & Fools). Más adelante, cuando todo empezara a cuajar, era pertinente presentar la idea ante potenciales "ángeles inversionistas" (que no son más que individuos con dinero disponible para invertir y, o bien un espíritu altruista increíble, o bien una aversión al riesgo muy baja), y animarlos a impulsar el desarrollo de la iniciativa. En etapas posteriores, de mayor madurez, se podía pensar en atraer firmas de venture capital e incluso permitir ser adquiridos por parte de entidades dedicadas al private equity. Sin embargo, son pocas las iniciativas que logran desarrollarse a tal punto de solidez y tamaño como para alcanzar estas últimas instancias. La mayoría, pues, solía terminar debatiéndose entre el ángel inversionista y "tu amigo, el banco". Y, como mucha gente desconfía de meter gente nueva a su negocio (y el ángel inversionista no pone su dinero si no va dentro del negocio), muchos optaban por los bancos. Sin embargo, en los últimos 15 años se ha venido desarrollando un concepto totalmente disruptivo en materia de financiación. Se trata del crowdfunding.