miércoles, 22 de agosto de 2012

Caudillos, o la política líquida

En días pasados me hicieron llegar una entrevista realizada al sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman (y que pueden ver aquí ). Bauman expone la manera como él ve las dinámicas sociales de esta época, y hace especial énfasis sobre cómo la incertidumbre es la constante que gobierna nuestras existencias. "Hoy nadie construye catedrales góticas, vivimos más bien en tiendas y moteles", señala. Ya no contamos con garantías a largo plazo y las promesas de estabilidad que rigieron la existencia de nuestros padres hoy en día son fantasmas. Nuestra vida, dice Bauman, ha entrado en el estado líquido. Todo se hace efímero: el amor, el trabajo, la política. Sobre esta última quisiera hacer una reflexión, no sólo a la luz de la perspectiva de Bauman, sino a través de mi propia manera de ver el estado de cosas actual.



En nuestro afán permanente, en nuestra visceral impaciencia, no estamos dispuesto a concederle el beneficio de la espera a ningún proceso. Esto se hace particularmente palpable con respecto a los partidos políticos. Para que un partido pueda afianzarse y ofrecer un modelo de gobierno serio, es preciso que se dé un proceso de concertación entre sus miembros, de manera tal que ocurran (en el decir de Alvaro Gómez) acuerdos sobre lo fundamental y construir una ideología. Pero lamentablemente ya nadie está dispuesto a esperar a que esto se consolide. En varios países los partidos políticos hicieron crisis profundas en los últimos 25 años (Italia tras la operación "Manos Limpias" es un caso de libro), y lo que se dio a continuación no fue una reorganización del entorno político con partidos nuevos e ideas frescas, sino que, ante el afán de inmediatez, se optó por el recurso que más servía a los impacientes: el caudillismo. El país político, en Italia, en Perú, en Colombia, en Francia, optó por dejar de pensar y confiar los destinos a la genialidad (o brutalidad) de un hombre fuerte, un supuesto dechado de virtudes a quien "el país le cabía en la cabeza" y de quien germinaría una pléyade de soluciones a las necesidades más apremiantes. Así, pues, tras "Manos Limpias" vino el ascenso de Berlusconi, y tras el proceso 8.000 vino Uribe.

Uno esperaría que, ante esta ola caudillista se contrapusiera un movimiento más basado en el colectivo, en el consenso, en la construcción de ideologías y partidos. Pero no. Quienes se oponen al proyecto político del caudillo a veces optan por cerrar filas en torno a su propio caudillo. Entonces vemos ahora como la figura que se opone a Uribe es Petro. Con modelos distintos de país en la cabeza, pero ambos autoritarios, ambos enemigos del disenso, ambos mediáticos. Y, finalmente, ambos efímeros. Sus movimientos políticos no tienen manifiestos, no terminan nunca de cuajar, porque todo está ligado a lo que produzca el líder. Es la política servida al consumidor que no tiene tiempo de sentarse a construir partidos. Eso, en la mente del elector contempóraneo, eran lujos que podían darse los abuelos. Así como cocinar un risotto. Así como recomponer un matrimonio que se va a pique. Si el caudillo se daño, se arroja a la basura, como un marido o una esposa que están poniendo pereque, y se le solicita al sistema que ponga al siguiente caudillo en el mostrador, a ver si compramos.

Así, pues, la precariedad que, nuevamente citando a Bauman, da al traste con la construcción de identidad, plantea problemas muy serios al escenario político. El elector pierde identidad, al no poder identificarse con una ideología, con un movimiento político duradero e identificable. La clase política también pierde identidad. Ya no se sienten parte de una bancada, y ni siquiera pueden aspirar a convertirse en herederos del caudillo, porque el caudillo no es un formador de sucesores. En vez de ser líder inspirador, es líder providencial, que ata la suerte de su proyecto político a su suerte personal. Y, lo más grave de todo, el Estado pierde identidad, al no poder contar con un derrotero a largo plazo y concreto. En un clima caudillista, la formulación de políticas públicas se vuelve, en el mejor de los casos, ejercicio académico inútil, y en el peor, herramienta propagandística. En este orden de ideas, se hace urgente que, al igual que en otros escenarios, la inmediatez ceda ante la paciencia y las sociedades vuelvan a emprender proyectos políticos más allá de las personalidades. Una democracia es sana si sus partidos políticos están vivos.

En los últimos años he visto compromiso de parte de quienes han estado al frente del Partido Liberal por construir de nuevo un ideario fuerte, actual y respetuoso con la esencia del partido. El compromiso demostrado con los temas de defensa de las víctimas del conflicto y de restitución de tierras es prueba de aquello. Tengo la esperanza de que de allí salga una opción que haga contrapeso a los caudillismos que han brotado tanto de la izquierda como de la derecha y renunciemos a esa "política líquida" (como tal vez diría Bauman) en la que nos hemos ido encasillando.

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