jueves, 16 de agosto de 2012

Rigoberto


Cuando faltaban apenas 60 kilómetros de los 260 que tenía la prueba, él hacía parte del montón, llevaba un bajo perfil. No había nada que hiciera prever un desenlace distinto al de cumplir con eso que llaman presentación decorosa. En ese momento él vio como Cancellara lanzaba su ataque, y decidió pegarse a su rueda. Unos segundos después miró a su alrededor y vio cómo con ellos apenas venían un puñado de suizos, italianos, españoles y británicos. Era un grupo de 25 y el lote había quedado 50 segundos atrás. Entonces vino lo imprevisible. Cancellara cayó. Sólo en ese instante él sintió que las condiciones estaban dadas para dar la lucha final. Se lanzó a pedalear con todas sus fuerzas, buscando aventajarse. Vinokourov tuvo la misma idea y pronto se volvió una lucha de dos. El kazajo venía pegado a su rueda. Era el líder. Algo que no estaba ni en los planes más ambiciosos la noche anterior. Pero entonces sus piernas le fallaron y Vinokourov pasó. Plata. Una plata que parecía amarga al principio, pero que luego se transformó en motivo de una inmensa satisfacción, pues era la recompensa a años de trabajo duro y dedicación.


El se llama Rigoberto Urán. Nació hace 25 años en Urrao, una población del suroeste antioqueño, famosa por sus extensos cultivos de granadilla. Por los caminos que discurren entre árboles frutales, su padre, que también se llamaba Rigoberto, le mostró por primera vez cómo era ese cuento de montar en bicicleta. A los 14 años, luego de recibir de su tío una bicicleta de regalo, se inscribió en la primera prueba: una contrarreloj. “Yo no sabía qué era eso, pero me dijeron que pedaleara hasta que llegara adonde había más gente”, comentó Rigoberto. “Gané a todos, y eso que aún vestía ropa de calle. No tenía ropa para deporte”. Después de ese exitoso debut vinieron más pruebas con resultados igualmente satisfactorios. El talento era evidente. Pero entonces sobrevino la tragedia. Cuando se encontraban entrenando junto con un grupo de dos decenas de ciclistas, Rigoberto y su padre fueron detenidos por un puñado de paramilitares. Al papá de Rigoberto se lo llevaron. Los demás fueron retenidos en el sitio durante 7 horas. Luego de esa eterna espera, les fue informado que Rigoberto padre había sido asesinado en la cercana Vereda El Tigre.

A Rigoberto, en ese momento, la vida le cambió de manera rotunda. Debió hacerse cargo de proveer el sustento para su madre Aracelly y su hermana Martha. Así que asumió la labor que hasta ese entonces desempeñaba su padre: vender lotería y chance. Adicionalmente a esto, continuó realizando sus estudios y entrenándose en su bicicleta.  A los 15 años ingresó en Orgullo Paisa, un programa y escuela de ciclismo del Departamento de Antioquia, creado en 1993. Con ellos, logró sus primeros triunfos internacionales. “Gané cinco medallas en el Panamericano de Pista. Destacaba en todo, pero necesitaba dinero”. Tenía que convertirse en profesional, y finalmente lo logró a los 17 años, a pesar de que usualmente no se suele permitir esto antes de los 18. Después de esto, logró atraer la atención del Team Tenax de Italia, y empacó sus maletas y cruzó el Atlántico a probar fortuna.

No fue fácil. En Bélgica se rompió la clavícula. Cualquiera claudicaría ante semejantes dificultades. Pero no Rigoberto. Logró recuperarse y atraer la atención de los directivos del equipo Unibet de Suecia, quienes estuvieron dispuestos a pagar la cláusula de rescisión. Su primer destino con la nueva camiseta fue el País Vasco, disputando la Euskal Bizikleta. Durante la etapa de contrarreloj, todo jugó a su favor. Marcó su tiempo y luego sobrevino un temporal que obligó a cerrar la prueba, lo que lo dejó victorioso. Era su primer triunfo en carreteras europeas. A esto siguió una etapa en la Vuelta a Suiza. Parecía que todo iba a sonreír de nuevo para Rigoberto. Pero no se está nunca exento de reveses. En Alemania volvió a caer, y esta vez llevaron la peor parte sus dos codos y la muñeca izquierda. Se vio obligado a llevar placas durante meses. Pero nuevamente apareció un salvador en la forma de un nuevo equipo. Caisse d’Epargne lo contrató en noviembre de 2007, inicialmente a dos temporadas. Tan pronto le fueron retiradas las placas, volvió a encaramarse en una bicicleta, y, como si los reveses lo hicieran aún más capaz, esta vez logró su primer podio europeo: segundo lugar en la Volta a Catalunya. No había aún terminado de borrarse la sonrisa de satisfacción por este logro cuando recibió una gran noticia. Iba a competir en los Juegos Olímpicos.

Viajó a Beijing con la delegación colombiana, para participar en la prueba de ruta, a la sombra de quien era en ese entonces la máxima figura del país en esa disciplina: Santiago Botero. Su labor era más la de un gregario, brindando soporte para permitir a Botero disputar las medallas. Sin embargo, sufrió numerosas complicaciones y no logró terminar la prueba. Decidió no desanimarse, ya que en el futuro esperaba tener la oportunidad de la reivindicación. De vuelta en Europa, logró estar en el podio del Giro de Lombardía y empezó a participar en las máximas pruebas de ruta, el Tour de France y el Giro de Italia. En este último evento, en su edición de este año, lograría hacerse a la camiseta blanca que lo acreditaba como el mejor corredor joven, seguido de su compatriota Sergio Luis Henao, con quien además ahora compartían equipo, tras la vinculación de ambos a Sky Procycling, el equipo que sacó campeón del Tour de Francia al británico a Bradley Wiggins. Pocos días después, todos ellos se verían las caras ya no como coequiperos sino como rivales representando a sus países, pues se acercaban de nuevo los Juegos Olímpicos, esta vez en Londres.

La noche anterior a la prueba de ruta, mientras en el estadio la gente coreaba las canciones de The Beatles, Queen y Eric Clapton durante la ceremonia de inauguración, Rigoberto y su entrenador, el “profe” Leguízamo, pasaban horas de incertidumbre y estrés. Se dieron cuenta que en la lista de inscritos faltaba el número 52, el de Rigoberto. Empezó una jornada maratónica en la que ellos y otros colombianos, incluido el gerente del Comité Olímpico Colombiano, recopilaron toda la información necesaria para hacer la reclamación y regresar a Rigoberto a la lista de competidores. Lo lograron terminar en la madrugada del sábado. A las 7:30 a.m. entregaron los documentos. Cinco minutos después se autorizaba la participación. Rigoberto entraba así a competir en una prueba a la que venía a aprender. O, al menos, eso pensaba él hasta el momento en que posó sus ojos en la rueda de Cancellara. Ese día, ese hijo del conflicto armado colombiano, el joven de Urrao que debió convertirse en su propio padre por culpa de las balas, Rigoberto Urán, le dio a Colombia su duodécima medalla olímpica.

4 comentarios: