viernes, 31 de agosto de 2012

El Mocho



Quienes se desplazan por la Transversal 54 de Cartagena, cuando pasan junto al Centro Recreacional Napoleón Perea, puede que adviertan, al levantar la mirada, una extraña estructura amarilla que va de un lado al otro de la avenida y que no parece estar prestando utilidad alguna. Si se tiene la mirada algo aguda, se podrá percibir un aviso con letras rojas que dice “Puente ‘El Mocho’”. A más de uno ver esto le causará curiosidad y probablemente extraerá una sonrisa por algunos segundos, pero la mayoría sin duda debe ignorar que “El Mocho” es el símbolo visible de un sistemático abandono.

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No son pocos los problemas que han aquejado al barrio Los Caracoles de Cartagena, que se encuentra a los pies de “El Mocho”. Como muchos otros barrios “populares” de la ciudad, se ha visto asfixiado por las actividades delictivas de las bandas que operan en él, y varios asesinatos ocurridos en sus calles han llenado las páginas de El Universal. Para poner algunos casos, en marzo de 2011 un prestamista fue baleado frente a su casa, y 6 meses después acribillaron al administrador de la cancha de sóftbol del barrio. Adicionalmente a esto, la administración cartagenera ha brillado por su ausencia a la hora de adelantar proyectos de infraestructura en la zona aledaña a la Transversal 54, como arborización e iluminación, lo que ha llevado a que no solamente sus habitantes no puedan gozar de lugares adecuados de esparcimiento, sino que además las obras inconclusas se han vuelto refugio de los delincuentes, cuando no están siendo usadas como letrinas públicas. A pesar de los ruegos de los habitantes a las autoridades, poco es lo que se ha hecho para agilizar la entrega de las obras. En algunos casos el atraso es hasta de 4 y 5 años. Un vecino de la zona comenta: “Nosotros hemos tenido que padecer las calles cerradas, las basuras, los escombros, la falta de señalización y el deterioro de nuestras calles por esta obra”. El espejismo de una mayor calidad de vida para quienes habitan esa zona de Cartagena sigue siendo eso: un espejismo.

En el caso particular de “El Mocho”, la gente del barrio Los Caracoles, así como de otros sectores aledaños al puente y que se verían beneficiados por su entrada en funcionamiento, como Almirante Colón, La Troncal y El Country, llevan ya año y medio esperando a que se instale el extremo faltante junto con la respectiva escalera, base y rampa para minusválidos que permitan hacer uso del puente. “Ese pedazo es peligroso para los niños que van a sus colegios, así que ojalá así lo terminen, pues es una obra importante para la comunidad”, señalaba Jaime Brú, habitante de La Troncal, hace ya varios meses. Sus deseos aún no se han convertido en realidad. ¿Y cuál es la excusa en este caso? Pues bien, resulta que el extremo del puente debe instalarse sobre un predio que era propiedad del Club Rotario, con el que el Distrito no pudo ponerse de acuerdo para realizar su adquisición. De acuerdo a la administración local, el predio debería traspasarse por 49 millones de pesos, pero sus propietarios aseguraban que su valor no es inferior a los 70 millones. Finalmente se logró realizar un proceso de expropiación y en junio pasado se habilitó la zona para empezar a hacer las obras. Pero nadie sabe cuándo se terminarán. Mientras tanto, los jóvenes de la zona siguen usando el puente para hacer maromas y algunos indigentes lo han convertido en su hogar.

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¿Quién responde por toda esta situación de atrasos y promesas sin cumplir? La Concesión Vial de Cartagena, contratista encargado de los trabajos que ascienden a 2.000 millones de pesos, pasa de agache y no da declaraciones. Y mientras tanto, las gentes del sector tienen que seguir padeciendo situaciones como la que sucedió hace poco, en la que la recién instalada iluminación se estropeó y la zona se mantuvo a oscuras por varias semanas, favoreciendo aún más las condiciones para la delincuencia común. Los funcionarios del distrito sólo hablan de los trámites resueltos y sin resolver, pero no se los oye dar una fecha de terminación. El personero de Cartagena ha visitado Los Caracoles y ha prometido tomar medidas para agilizar las obras que se adeudan, pero no se ve acción concreta. Lo que se percibe es abandono, ese abandono que muchas veces lleva a los jóvenes a concluir que sólo hay dos maneras de alcanzar calidad de vida: como futbolista o como delincuente. Y cada vez son más los que prefieren lo segundo.  

Como sucede con frecuencia en Colombia, las iniciativas privadas terminan llenando los vacíos que deja la inasistencia oficial. En el barrio Los Caracoles opera una fundación, El Shadday, que realiza actividades entre los miembros más jóvenes del sector para evitar que se conviertan en carne de cañón de las pandillas. Organizan eventos deportivos, de juegos, y de pasatiempos que mantenga a estos jóvenes ocupados en algo constructivo. Asimismo realizan labores de prevención y promoción en salud así como orientación psicológica. Los medios de comunicación han organizado también actividades de sano esparcimiento, como el torneo Ajedrez al Parque celebrado por RCN en la cancha de Los Caracoles y otros lugares de la ciudad en mayo de 2010, en el que hasta 300 niños y jóvenes participaron. Pero los privados no sólo no tienen el deber de socorrer a la población en estos temas, sino que además no pueden garantizar la cobertura que sólo el sector público, por su naturaleza y características, puede brindar. Profundas renovaciones en administración pública requiere Cartagena, esa Cartagena olvidada, esa Cartagena que nunca salió en la Cumbre de las Américas, para que se reduzcan las enormes inequidades y sus habitantes dejen de estar expuestos a los antojos de grupos criminales, que a veces son los mismos que obligaron a esta gente a desplazarse a la ciudad, huyendo del horror. Pero parece que estamos a años luz de eso, y el aparato distrital cartagenero parece cada vez más merecedor del mismo apodo que lleva el puente de la 54: mocho.

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