Quienes se
desplazan por la Transversal 54 de Cartagena, cuando pasan junto al Centro
Recreacional Napoleón Perea, puede que adviertan, al levantar la mirada, una
extraña estructura amarilla que va de un lado al otro de la avenida y que no
parece estar prestando utilidad alguna. Si se tiene la mirada algo aguda, se
podrá percibir un aviso con letras rojas que dice “Puente ‘El Mocho’”. A más de
uno ver esto le causará curiosidad y probablemente extraerá una sonrisa por
algunos segundos, pero la mayoría sin duda debe ignorar que “El Mocho” es el
símbolo visible de un sistemático abandono.
No son pocos los
problemas que han aquejado al barrio Los Caracoles de Cartagena, que se
encuentra a los pies de “El Mocho”. Como muchos otros barrios “populares” de la
ciudad, se ha visto asfixiado por las actividades delictivas de las bandas que
operan en él, y varios asesinatos ocurridos en sus calles han llenado las
páginas de El Universal. Para poner algunos casos, en marzo de 2011 un
prestamista fue baleado frente a su casa, y 6 meses después acribillaron al
administrador de la cancha de sóftbol del barrio. Adicionalmente a esto, la
administración cartagenera ha brillado por su ausencia a la hora de adelantar
proyectos de infraestructura en la zona aledaña a la Transversal 54, como
arborización e iluminación, lo que ha llevado a que no solamente sus habitantes
no puedan gozar de lugares adecuados de esparcimiento, sino que además las
obras inconclusas se han vuelto refugio de los delincuentes, cuando no están
siendo usadas como letrinas públicas. A pesar de los ruegos de los habitantes a
las autoridades, poco es lo que se ha hecho para agilizar la entrega de las
obras. En algunos casos el atraso es hasta de 4 y 5 años. Un vecino de la zona
comenta: “Nosotros hemos tenido que padecer las calles cerradas, las basuras,
los escombros, la falta de señalización y el deterioro de nuestras calles por
esta obra”. El espejismo de una mayor calidad de vida para quienes habitan esa
zona de Cartagena sigue siendo eso: un espejismo.
En el caso
particular de “El Mocho”, la gente del barrio Los Caracoles, así como de otros
sectores aledaños al puente y que se verían beneficiados por su entrada en
funcionamiento, como Almirante Colón, La Troncal y El Country, llevan ya año y
medio esperando a que se instale el extremo faltante junto con la respectiva
escalera, base y rampa para minusválidos que permitan hacer uso del puente.
“Ese pedazo es peligroso para los niños que van a sus colegios, así que ojalá
así lo terminen, pues es una obra importante para la comunidad”, señalaba Jaime
Brú, habitante de La Troncal, hace ya varios meses. Sus deseos aún no se han
convertido en realidad. ¿Y cuál es la excusa en este caso? Pues bien, resulta
que el extremo del puente debe instalarse sobre un predio que era propiedad del
Club Rotario, con el que el Distrito no pudo ponerse de acuerdo para realizar
su adquisición. De acuerdo a la administración local, el predio debería
traspasarse por 49 millones de pesos, pero sus propietarios aseguraban que su
valor no es inferior a los 70 millones. Finalmente se logró realizar un proceso
de expropiación y en junio pasado se habilitó la zona para empezar a hacer las
obras. Pero nadie sabe cuándo se terminarán. Mientras tanto, los jóvenes de la
zona siguen usando el puente para hacer maromas y algunos indigentes lo han
convertido en su hogar.
¿Quién responde
por toda esta situación de atrasos y promesas sin cumplir? La Concesión Vial de
Cartagena, contratista encargado de los trabajos que ascienden a 2.000 millones
de pesos, pasa de agache y no da declaraciones. Y mientras tanto, las gentes
del sector tienen que seguir padeciendo situaciones como la que sucedió hace
poco, en la que la recién instalada iluminación se estropeó y la zona se
mantuvo a oscuras por varias semanas, favoreciendo aún más las condiciones para
la delincuencia común. Los funcionarios del distrito sólo hablan de los
trámites resueltos y sin resolver, pero no se los oye dar una fecha de
terminación. El personero de Cartagena ha visitado Los Caracoles y ha prometido
tomar medidas para agilizar las obras que se adeudan, pero no se ve acción
concreta. Lo que se percibe es abandono, ese abandono que muchas veces lleva a
los jóvenes a concluir que sólo hay dos maneras de alcanzar calidad de vida:
como futbolista o como delincuente. Y cada vez son más los que prefieren lo
segundo.
Como sucede con
frecuencia en Colombia, las iniciativas privadas terminan llenando los vacíos
que deja la inasistencia oficial. En el barrio Los Caracoles opera una
fundación, El Shadday, que realiza actividades entre los miembros más jóvenes
del sector para evitar que se conviertan en carne de cañón de las pandillas.
Organizan eventos deportivos, de juegos, y de pasatiempos que mantenga a estos
jóvenes ocupados en algo constructivo. Asimismo realizan labores de prevención
y promoción en salud así como orientación psicológica. Los medios de
comunicación han organizado también actividades de sano esparcimiento, como el
torneo Ajedrez al Parque celebrado por RCN en la cancha de Los Caracoles y
otros lugares de la ciudad en mayo de 2010, en el que hasta 300 niños y jóvenes
participaron. Pero los privados no sólo no tienen el deber de socorrer a la
población en estos temas, sino que además no pueden garantizar la cobertura que
sólo el sector público, por su naturaleza y características, puede brindar. Profundas
renovaciones en administración pública requiere Cartagena, esa Cartagena
olvidada, esa Cartagena que nunca salió en la Cumbre de las Américas, para que
se reduzcan las enormes inequidades y sus habitantes dejen de estar expuestos a
los antojos de grupos criminales, que a veces son los mismos que obligaron a
esta gente a desplazarse a la ciudad, huyendo del horror. Pero parece que
estamos a años luz de eso, y el aparato distrital cartagenero parece cada vez
más merecedor del mismo apodo que lleva el puente de la 54: mocho.
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