Varios metros más abajo, rodeada de roca y fango, la cueva nos exhibía sus negras fauces. Me la imaginaba intimidante, retadora, pero al contemplar su entrada la realidad superó con creces mis conjeturas más atrevidas. Sólo una cuerda servía como garantía para evitar una caída sin control hacia la negra boca que amenazaba con engullirlo todo, en una especie de Caribdis terrestre, escondido en un recodo del paisaje cundinamarqués. Y ente esa visión, saltó el pensamiento de haber malgastado el tiempo de la caminata por no estar a la altura del reto.
Para llegar a la cueva, es preciso caminar durante un par de horas en casi permanente ascenso desde Suesca, Cundinamarca. Se empieza siguiendo un sendero que corre paralelo a los farallones famosos por la práctica de escalada, siguiendo el curso del río Bogotá y la línea férrea. Al llegar al final del cañón que forman los farallones y los cerros vecinos, el camino se empina. Cuando ya se ha superado la altura de los farallones de mayor tamaño (unos 150 metros), se llega a un lugar no sólo hermoso sino tranquilo y apacible: el Valle de Los Halcones. Aquí nos topamos con un nuevo conjunto de farallones donde antiguamente también se escalaba, pero su actual propietario prohibió esa práctica.
La caminata no se detiene ahí ni mucho menos. Es menester seguir subiendo durante algunos minutos hasta alcanzar una carretera que recorre las lomas de la zona. Siguiendo la línea de esta vía realizamos un breve descenso hasta que en un punto nos indicaron que habíamos alcanzado la proximidad de la cueva. Sin embargo, nos comentaron que esta vez iban a hacer las cosas de manera diferente, e íbamos a entrar por el otro lado. Una vez dejamos los objetos personales a buen resguardo y nos fueron entregados los cascos con linternas, nos fuimos en busca de la otra abertura.
No fue fácil. A pesar de que los guías han visitado el lugar decenas de veces, como están habituados a meterse en la otra dirección, les costó mucho trabajo encontrar por dónde debíamos entrar esta vez. Al cabo de varios minutos de infructuosa búsqueda, por fin los guías dieron con algunos indicios que les señalaba la ruta correcta, y empezamos a descender. Los primeros metros del descenso no presentaban mayor inconveniente pero luego de unos metros el camino empezó a volverse más agreste y fangoso, y finalmente la tierra se abrió en toda su negrura, invitándonos a penetrar en sus entrañas, tal y como lo relaté al comienzo de este escrito.
Descender por ese resbaladizo tramo se veía más que complicado. Los perros que nos acompañaban en la caminata huyeron al ver a lo que tendrían que enfrentarse si querían seguir nuestros pasos. De ese calibre era la situación. Al descender, yo sentía que los pies no lograban quedarse en un sitio fijo. Las suelas estaban recubiertas de una gruesa capa de cieno oscuro. Afortunadamente, un guía me recomendó la manera de apoyar mejor el pie y finalmente llegué al fondo. Allí, una reja hacía las veces de puerta del Averno.
Desde el primer instante el avance por la gruta era difícil. Tan pronto se traspasaba la reja, había que escoger entre dos opciones: avanzar con cada pierna estirada al máximo y confiar en las capacidades de equilibrio y fortaleza, o arrojarse a la quebrada subterránea que fluía por la caverna con la certeza de que el agua iba a estar gélida. Considerando que la clase de educación física nunca fue mi favorita en el colegio, y que por ende mi destreza es de un nivel bastante pobre, para mí claramente la vía era la acuática, así que me sumergí. Durante los primeros 3 segundos, respirar fue un reto. La bajísima temperatura del agua no permitía expandir el diafragma. La decisión fue entonces nadar lo más rápido posible hasta las rocas más cercanas. Allí recuperé algo de temperatura, pero aún aguardaban más retos. Más cruces pasados por agua, fisuras donde difícilmente cabía uno de lado, otros tramos en los que era necesario pasar prácticamente tendido sobre la roca, e incluso un puente tibetano a escasos metros de la salida. Pero no todo fue sufrimiento. En un punto del recorrido, el techo de la cueva se abría y, con la luz que se filtraba, era posible observar una gran cantidad de murciélagos en vuelo rasante, muy cerca de nosotros.
La cueva no es muy larga, pero por su dificultad y estrechez se toma alrededor de 40 a 45 minutos en cruzarla. Sin duda, es una experiencia que hay que realizar (aunque aún no sé si sería para repetir). Se siente cómo se incrementan los niveles de endorfinas conforme se va encarando cada nuevo paso. Al salir y volver a ascender hacia la carretera, se da uno cuenta de lo mucho que se puede llegar a valorar la luz del sol, luego de atravesar la más espesa negrura. Una vez se siente que la prueba se superó, hay una sensación de satisfacción bastante llamativa y agradable, y por un rato la tensión y los problemas quedan lejos, allá en la ciudad, y de momento sólo esta uno y la naturaleza. Se necesita sentir eso de vez en cuando.
El largo regreso a Suesca podría considerarse descansando por ser en bajada, y efectivamente en esos casos hay menor esfuerzo pero se requiere mayor atención por aquello de tener que "andar frenado" para evitar un desafortunado resbalón, sobre todo considerando que las piernas ya van cansadas. Tras 7 horas de haber partido, unas frías cervezas, un delicioso cuchuco y otros manjares fueron recompensa para una jornada intensa y exigente pero también satisfactoria.






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