De estos antepasados, el matrimonio formado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unificaron los reinos cristianos de la península que aún luchaban contra el moro (Portugal hacía rato miraba en otra dirección) y propiciaron los dos mitos fundacionales españoles en 1492: la captura de Granada y el descubrimiento de América. ¿Cómo era esta nación incipiente? Era territorio de frontera, la frontera entre la cristiandad y el Islam, y en tal carácter se componía por una aristocracia de hombres curtidos en las vicisitudes de la guerra, que tenía detras de sí, a manera de cadena de suministro, una gran base de pastores y labriegos. Había existido en ciudades como Toledo, Córdoba y Barcelona grupos de intelectuales que habían trabajado ampliamente en temas como literatura, medicina y derecho. Pero estos grupos no entraban en el proyecto de nación de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Una vez vencido el moro, se le expulsó. Judío no converso corría igual suerte. Considerando que buena parte del trabajo intelectual en la península lo hacían judíos y moros, pronto el saber decayó. Y, en todo caso, a sus católicas majestades no les venía muy bien eso de ejercitar el cerebro, así viniera de un cristiano, y le dieron la espalda al desarrollo cultural. La masa de soldados y campesinos, que no eran muy dados a pensar, siguieron ciegamente a la corona y España empezó a seguir así un derrotero de oscurantismo del que no se desviaría hasta finales del siglo XX (con, tal vez, una breve excepción durante el reinado de Carlos III).
¿Por qué menciono esto? Porque esto lleva a entender por qué la España contemporánea es como es, y por qué tiene un monarca como el actual. España se mantuvo provinciana, campechana, con una élite económica clientelista que se levantaría (nunca mejor empleado el término) en la villa y corte que eligió Felipe II, Madrid, una ciudad atípica para ser capital, lejos de cualquier vía fluvial importante y, en general, de cualquier forma de contacto apropiado con el exterior (como bien lo expone César Molinas en su artículo España, capital Madrid ). Encerrada dentro de sí misma, negándose a toda suerte de progreso, la orgullosa potencia del siglo XVI poco a poco se fue transformando en la mascota de Europa Occidental. Y bien sabemos que a las mascotas se les tiene un gran cariño, pero no se les hace mucho caso.
Y justamente don Juan Carlos a veces termina viéndose como una simpática mascota dentro de ese universo que para nosotros, americanos criados en repúblicas, nos cuesta tanto entender: el de las casas reales europeas. El Rey de todas las Españas es un tipo con aire bonachón, mirada complaciente, maneras descomplicadas y una dicción cuyo carácter enredado no hace sino contribuir a tenerle simpatía (y a que se burlen de él sus súbditos humoristas)
Que nadie se llame a engaño. No siento ninguna animadversión ni hacia el Rey ni hacia España. No puedo ser ingrato con la tierra que durante un par de años me acogió y con la que hay un vínculo muy fuerte. Y, en cuanto al Rey, ya dije que me produce simpatía. Debe ser un excelente compañero a la hora de beberse unos vinos. Debe tener muchísimas cosas sobre las cuales conversar. Pero no muestra un aire verdaderamente regio. No se le ve como al heredero de aquellos en cuyos dominios jamás se ocultaba el sol. Y, al ser como un cuarto símbolo patrio español, proyecta la imagen de la esencia de su país. Esta esencia es la que me concierne.
Ni siquiera en su edad de oro, bajo Carlos V y Felipe II, estuvo España a la altura de las circunstancias. No vivió nunca un auténtico desarrollo ni social ni económico ni mucho menos cultural. El oro y la plata que fluyeron a raudales desde Indias no financió ni un comercio ni una industria sólidos. En el mejor de los casos terminaron engastados en altares y palacios y en el peor de los casos fueron a dar al fondo del mar (o a manos de bucaneros ingleses, lo cual, si lo miramos en perspectiva, no fue tan malo). Sojuzgada por un clero todopoderoso y asfixiante, la base de la pirámide social española malvivía, sin ningún apoyo gubernamental, y no quedaba más recurso que la artimaña, la picardía (como bien lo ilustran Cervantes y Quevedo en sus obras). La nobleza podía vivir holgadamente pero, en cuanto a su calidad como seres humanos, no se diferenciaba gran cosa del populacho. Todos eran igualmente ignorantes. Para colmo de males, cuando se difundió el movimiento ilustrado en el siglo XVIII, el centro de este movimiento resultó ser el odiado vecino, Francia. Luego, por el simplemente hecho de oponerse a los "gabachos", España se atornilló aún más a la oscuridad y al atraso. La intelectualidad era rechazada por "afrancesada" y, cuando finalmente los franceses llegaron en cabeza de Pepe Botellas, e tuvieron la mala idea de forzar la adopción de unas ideas nunca muy bien recibidas, el rechazo fue total y prefirieron volver a las cadenas de Fernando VII y la Inquisición. Esta tendencia sólo sería realmente rota tras la muerte de Franco en 1975.
Pero, a pesar de la Transición, de la cohabitación pacífica de "las dos Españas", la progre y la goda, aún pululan los comportamientos provincianos. Existe la creencia generalizada que el español es incapaz de aprender una lengua extranjera, e incluso cuando alguien lo logra hacer con un buen nivel, éste suele ser objeto de sorna. Así como nosotros tenemos el concepto de "gringo", en España existe el de "guiri": el extranjero que llega a dejar su dinero como turista, al que hay que exprimir y de quien hay que burlarse por sus maneras tan poco "locales", lo que siempre deja entrever un complejo de inferioridad subyacente. Por otra parte, el estudio, el desarrollo intelectual, sigue siendo visto con desidia. Al español promedio no le gusta ni le interesa estudiar. A pesar de contar con universidades de altísimo nivel como la Complutense, pocos son los que muestran interés por formarse y prefieren correr a El Corte Inglés o a Zara en días de descuentos. Es el lastre que arrastra una nación que dio la espalda a las letras y a las ciencias durante 500 años. Y como los españoles no se forman bien, les queda muy difícil crear industrias más allá del turismo y la construcción, dos sectores que volaron en mil pedazos durante la crisis de 2008. Por eso, por adolescer de capital intelectual adecuado, es que ahora España va a la deriva, sin soluciones a la vista para su grave crisis. Ni siquiera sus líderes están a la altura del reto. "Una nación sin cabezas", como diría agonizante Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de esos "afrancesados" que tanto detestaban nobleza y pueblo por igual.
Empecé hablando del Rey y terminé hablando del país. Pero bueno, es el segundo el que realmente preocupa. Su Majestad no hace daño a nadie con su aire bonachón. En cambio, España se hace profundo daño a sí misma con su carácter premoderno del que no puede (y tal vez no quiere) liberarse.
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