miércoles, 16 de enero de 2013

Twitteróstratos

"Somehow or other I'll be famous, and if not famous, I'll be notorious."
Oscar Wilde

El Artemision de Éfeso no sólo era un lugar sagrado. Era una de las siete maravillas del mundo antiguo. Y un día, esta joya arquitéctonica, llamada así por estar dedicada al culto de la diosa Artemisa, fue consumida por las llamas. Cuando las autoridades efesias investigaron por las causas del incendio, detuvieron a un hombre que confesó ser el autor del crimen. Su nombre era Eróstrato. Cuando se le preguntó por los motivos para cometer su fechoría, Eróstrato confesó que lo había hecho para ganar notoriedad. Las autoridades decidieron no darle su instante de fama al detenido y borraron su nombre de cuanto registro oficial hubiese. Sin embargo, la historia se filtró y por eso sabemos de este pirómano griego más de dos mil años después de su época. En "honor" a él, los psicólogos bautizaron como "complejo de Eróstrato" al deseo desesperado de figurar y ser el centro de atención. Dolencia de la que, al parecer, se sufre mucho en estos tiempos.



Las redes sociales, al brindar la capacidad de darse a conocer masivamente desde la comodidad del hogar, han sido un poderoso amplificador para los Eróstratos del siglo XXI. Se emplean las más diversas maniobras para obtener la atención, desde las más sublimes hasta las más perversas, en el decir de Les Luthiers. Bien sea escribiendo textos de calidad, participando activamente en debates, haciendo chistes, apelando al sarcasmo o llegando a lo chocante y meramente burdo, muchos se esfuerzan por alcanzar esa condición tan anhelada de celebridad, a tal punto que se ha vuelto moneda común el término "tuitstar" (ya que Twitter es, de todas las redes sociales, la que provee el mejor contexto para la figuración). En este propósito de atraer todas las miradas, al parecer, llegar a dejar expuesta la vida privada no parece tener mucha importancia. Por el contrario, exponer aspectos considerados íntimos del día al día es práctica habitual de los Twitteróstratos como pretendiendo crear un ambiente de cercanía con la audiencia, de confianza con ésta, para que aquellos sean vistos como más "humanos". Así, pues, divulgan fotos familiares, crean hashtags para que la gente hable de sus cumpleaños o de la terminación de sus estudios, y le cuentan al mundo lo que charlaron con el portero o la secretaria.

Y bueno, tanta exposición virtual, ¿sirve a algún propósito? En muchos casos, la ausencia de intermediarios entre el individuo y una gran audiencia, tan propia de las redes sociales, es de por sí un aliciente muy grande que incluso despierta la sed de notoriedad a quienes de otra manera tal vez no se pondrían a buscarla. Además, Twitter es un medio donde la inmediatez está, nunca mejor dicho, a la orden del día, y así como la información se obtiene casi en tiempo real, el salto a la fama también es breve, indoloro y de bajo costo. Pero el tema no se limita a quienes quieren hacer usufructo de los 15 minutos a los que Andy Warhol nos dio derecho. Quieren no sólo llamar la atención, sino también perdurar en la memoria de la gente. Tal y como yo lo veo, no son menos vanidosos éstos, pero al menos son más estratégicos, ya que buscan apuntalar sus carreras de esta manera. Así, pretenden que sus columnas de opinión sean más leídas, sus pinturas más apreciadas, sus asesorías jurídicas más valiosas en concepto (en concepto de sus comisiones, como dirían, una vez más, los de Les Luthiers). Conforme van logrando esto, sin embargo, se ponen en riesgo de caer en una trampa tan odiosa como peligrosa: la de creer que el volumen de su masa de seguidores avala cualquier opinión que formulen. Y, como muchos de dichos seguidores comulgan con esa visión, entran en una incorrecta complacencia. Incluso no ha faltado el molesto episodio en el que "tuitstars" se han enfrentado entre sí y han mandado a callar al otro, en ademán traqueto, bajo la premisa de tener éste último un menor número de seguidores.

Todo esto puede conducir a la generación de ilusiones tan fuertes como fútiles, al punto de creer que se están acumulando notoriedad, poder e influencia que repercuten en la vida real, o peor aún, que reemplazan a la vida real. Hay que tener presente que en la calle la imagen que se construye en redes sociales probablemente no cuente, y la vaca sagrada se convierte en un simple transeúnte. No se puede perder el norte. Además, no hay que olvidar que estos medios virtuales generalmente no producen fenómenos de larga duración, y en cualquier momento el momentum que traen se pierde, y la fama que llego rápidamente, de la misma manera se esfuma, y la persona que no tenga esto claro puede darse un golpe fuerte con la realidad.

No estoy llamando a un enajenamiento con respecto a la vida virtual. Soy de los que cree que esa ausencia de intermediarios en las redes sociales a la que hice mención anteriormente ha propiciado, sin duda alguna, muchos fenómenos positivos. Por ejemplo, muchos artistas han podido dar a conocer su obra de forma más ágil y eficiente en costos, por no decir que libre de "roscas". Un caso que me viene a la mente en este momento es el despegue de Monsieur Periné el año pasado. Por otra parte, se ha creado también un interesantísimo espacio de diálogo entre gobernantes y gobernados que por momentos lleva a cuestionar la existencia misma de la democracia representativa. Pero también ha exacerbado esas ansias de protagonismo, esa pasión por la figuración, ese complejo de Twitteróstrato que mal encaminado puede terminar haciéndonos creer que tenemos carta blanca, que por resaltar todo es lícito, y terminemos por ahí quemando algún Artemision virtual.

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